​​ ​Hoy en la Historia de Guatemala ​​

Artículos recientes

29 de junio de 1541: muere Pedro de Alvarado en Guadalajara

Retrato de Pedro de Alvarado
Fotografía tomada de Wikimedia Commons
Reproducimos hoy el artículo que el historiador guatemalteco Federico Hernández de León escribiera sobre la muerte de Pedro de Alvarado en 1930, en su obra "El Libro de las Efemérides".

Don Pedro de Alvarado acabó sus días, en consonancia con su vida brava, bulliciosa y accidentada. No es posible imaginarse a don Pedro cargado de años, viviendo en la solariega casona de Badajoz, rodeado de nietos y holguras, y tomando agua de tila para apaciguar los picaros nervios. Don Pedro debía morir en la lucha loca, y no entre almohadones, a la caída melancólica de una tarde de estío ....

Ved que son gentes bravas — decía Oñate.
A lo que el Adelantado respondía :
La suerte está echada y cada uno que cumpla con su deber.

Estas palabras son las mismas que un comentador pone al lado de la famosa frase de Nelson, la víspera de Trafalgar : ''England expects every man to do his duty today". Solo que al inglés, por ser inglés se le ha hecho la bulla de los siglos y al extremeño lo han dejado en el tintero.

Don Pedro alistó sus infantes y caballeros y marchó derechamente a Nochistlán, sin esperar aviso ni llamada. Reconoció el terreno y para ascender la, empinada cuesta del monte, mandó a sus caballeros que echaran pie a tierra y, defendidos por la rodela, asaltaran las posiciones de los nativos. Pero apenas estaban empezando, cuando les cayó tal lluvia de guijarros y de flechas, que aquello era el diluvio. Hágase cargo lo que sería una pedrea movida por diez mil manos...


Iba don Pedro para el Perú, al arreglo de un asunto, y hubo de pasar a México. Ya regresaba de la capital azteca cuando, encontrándose en Jalisco, recibió demanda de auxilio de Cristóbal de Oñate, gobernador interino de la Nueva Galicia. Los nativos se habían levantado en armas contra sus dominadores y el pobre de Oñate, poco experto y con escaso refuerzo de gente, se creyó poco menos que entre la espada y la pared.

El requerimiento lo recibió Alvarado por mediación del Virrey don Antonio de Mendoza; y Alvarado que era capaz de dejar el camino del paraíso para romper lanzas con toda una legión, se desvió de la senda trazada y, tomando el interior de la tierra, fué a donde se impetraba el auxilio de su valor y de su tizona. Que no en balde el luchar era su descanso.

Los indígenas levantados sumaban alrededor de diez mil. Estaban furiosos y desesperados, dispuestos a dar sus vidas, antes que seguir sometidos a una imposición extraña. Se habían fortificado en un agrio monte, sobre el que se levantaba el pueblo de Nochistlán. Las precauciones de defensa adoptadas por los habitantes de Nochistlán, tenían todos los caracteres de invencibles.
Sin embargo, en vez de esperar el ataque de los nativos o de que las tropas de Oñate y de Alvarado se engrosaran con las prometidas por el virrey Mendoza, don Pedro no quiso esperar segundo día y se aprestó a la batalla. No valieron las observaciones pertinentes de Oñate, conocedor de la tela que había de cortarse.

Los asaltantes retrocedieron rápidamente. Un momento de permanencia hubiera valido el morir aplastados. Y los indígenas al notar el retroceso de sus enemigos, levantaron una grita de todos los diablos y, saltando sobre sus trincheras, se dieron a perseguir a los españoles, cuesta abajo.

El terreno sobre ser accidentado, estaba sembrado de plantas de maguey, que imposibilitaban los movimientos rápidos para verificar un contra-ataque. Los españoles se sentían hostigados de cerca por una nube humana, en la que se veían mujeres y niños. Tres leguas retrocedieron en estas condiciones. El Adelantado, a la retaguardia, en el punto de mayor peligro, iba gritando sus órdenes. Por último, se ilegó a un trecho de terreno propicio para los movimientos y se hizo alto, para organizar las huestes y dar la batalla decisiva.

En esos instantes y descendiendo una pequeña inclinación, caminaba a lomos de un caballejo, viejo y fatigado, el notario Baltasar Montoya que junto con el protocolo, llevaba un miedo espantoso. Espoleaba a la pobre caballería con un ardor tan rudo, que el Adelantado hubo de decirle:

— ¡ Eh, señor Escribano, ya no llevéis miedo que los nativos nos han dejado!

Pero el miedo y el frío solo Dios los quita y el amilanado Montoya siguió en su tarea angustiosa. Por fin el caballo dio en tierra y, por culpa de la inclinación del terreno, rodó cuesta abajo, llevándose en su caída al Adelantado que no pudo esquivar el golpe, por estorbárselo las armaduras. Los golpes fueron brutales. Los filos mismos de la coraza le maceraron las carnes y produjeron hondas lesiones en las visceras.

Me siento morir — dijo don Pedro — pero no es bien que los nativos conozcan nuestra situación.

Entregó el bastón de mando a uno de sus capitanes y, desembarazado de su armadura, fué llevado en unas angarillas al próximo poblado y,de allí la Guadalajara, en donde redactó sus últimas disposiciones. Era el 29 de Junio de1541 el día del accidente.

Bibliografía

Gobernantes de Guatemala